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    1 abrazo a todos

  • año nuevo de paz??

    Con este título no quiero ni mucho menos rebatir los distintos mensajes que ha transmitido el Papa Benedicto XVI durante estas fiestas, con los mejores deseos para este año que empieza. Tampoco quiero comentar las cansinas mentiras a las que nos somete el ejecutivo central socialista y sus fragatas pérdidas por los mares de Irak. Yo me centro, en esta, mi humilde tribuna, en lo que el nuevo 2006 nos deparará como año preelectoral y las luchas internas de poder para estar bien situados en las listas serán, como casi siempre, protagonistas desgraciados de la actualidad política.

    En nuestra Comunidad, Alicante es la provincia más tensa tanto para PP como para el PSPV, el resto de formaciones tienen una imagen menos que testimonial en esa provincia. Para el partido de Pla, Alicante, Orihuela y Elda son casos límite donde incluso ha habido amenazas de presentarse los actuales representantes socialistas de esos municipios como plataformas independientes de cara a las municipales de 2007. La expulsión del histórico líder socialista de Orihuela, Francisco García Ortuño, por sus diferencias con Pla ha hecho que una gestora dirija el partido. En Castellón las discrepancias también van tomando forma, pero el interés de verse recompensados con algún puesto hará que el silencio interesado reine.

    Mientras que para la formación del President Camps, la provincia de Alicante tiene la sombra del portavoz de la oposición Eduardo Zaplana. En el mes de marzo tendrá lugar la Convención nacional popular donde se perfilará la estrategia electoral del partido y se definirán las alternativas a corto y medio plazo de la formación.

    José Joaquín Ripoll salió elegido Presidente Provincial del PP alicantino con más del 80% de apoyos. El sector Zaplanista también se “atrevió” a presentarse en la provincia de Valencia, con Fernando Giner a la cabeza, aunque se pactó su retirada por el daño interno que podría hacer a la imagen del partido tanto a nivel autonómico como nacional, viendo como se fracturaba el bastión popular por excelencia.

    Como una realidad paralela a la corriente campsista, muy mayoritaria en Castellón y Valencia, se quieren presentar el zaplanismo en la Convención popular. Tensar la cuerda, pero sin sobresaltos, para exigir parte en el pastel preelectoral. La alcaldía de Orihuela y Alicante ciudad son sus primeras reivindicaciones. La buena gestión o no de esta problemática interna puede dar distintos resultados. Por una parte silenciar los conflictos y trabajar todos a una para revalidar las distintas mayorías en nuestra comunidad o crear un cisma que repercuta en los resultados autonómicos y municipales. Muevan ficha, señores.

    Sumario: la carrera preelectoral comienza, tomen posiciones.

    Guillem Bertomeu

  • la batalla de valencia III

    La batalla de Valéncia, fase III

    LLUÍS FORNÉS

    I (1908)

    Entre al blog d´un jove internauta i analista polític valencià i em trobe un article que pregunta si s´ha reviscolat la batalla de Valéncia, (pregunta retòrica). És dissabte. Consulte diverses pàgines web del valencianisme actiu i em trobe que tiren foc pels queixals. La catalanista AVL (AVLL diuen ells) és la culpable de qué sé jo qué. Abans ho era la Universitat; ara, mira per a on, s´ho encarrega tot l´AVL. Això que ha guanyat la casa dels investigadors. (Per cert, senyors del tricolor, la l de AVL és una lletra. Ll és un dígraf.) Aprofite per dir-li al jove internauta que la batalla de Valéncia no començà en la transició, com ell afirma, sinó el 1908 del segle passat (per a més informació, es pot consultar el meu treball El pensament panoccitanista en www.oc-valencia.org), quan Miquel Duran i Tortajada (Miquel Duran de Valéncia) començà a definir-se com «valencianiste catalanitzant» i Rosend Gumiel li contestà iradament.

    II (1962)

    Més tard serà Joan Fuster qui afirmarà que «dir-nos valencians és la nostra manera de dir-nos catalans» (cite de memòria), i les falles valencianes s´encarregaran de cremar-lo (simbòlicament). Ai, el catalanisme! Ai, els PP CC! Construir la casa començant per la teulada té sempre males conseqüències. Ai, el nacionalisme expansionista! (Les vendes de cava català han minvat un 70% enguany; ai las!)

    Lerma ja va dir que el conflicte lingüístic s´havia acabat; Zaplana, també, o siga el va tornar a acabar; i Camps, també, peró...

    III (2005)

    El nou de febrer de 2005 es publicà el dictamen acusat de «catalaniste» de l´AVL, i, ara, l´organisme que es va crear per a aconseguir la pau sociolingüística acaba de donar a llum una gramàtica també «catalanista». Diumenge baixe a comprar el Levante-EMV i em sorprén la rotunda afirmació que es fa en una notícia: la RACV i Lo Rat Penat acusen de comportament feixiste l´Acadèmia Valenciana de la Llengua per haver demanat al president de la Generalitat que no se subvencionen les organitzacions que es neguen a usar les normes avelístiques. «Franco també eliminava els qui no pensaven com ell», diuen. Socors! Auxili! Dic. Ja vorem açò on arriba, i com acaba.

    Actualment, a més del malestar que hi ha en les files valencianistes, segons les diferents webs, tenim un diputat que s´ha passat del PP a Coalició Valenciana, partit que té entre els seus objectius fer desaparéixer l´Acadèmia Valenciana de la Llengua per... catalanista o... lanitzant?

    Total, que, si som conscients que ara es dediquen més esforços materials i humans que mai a resoldre la batalla de Valéncia, i, alhora, constatem que la situació és la que és, hem de concloure forçosament que estem pitjor que mai. I algú s´hauria de parar a reflexionar.

    Pau (lingüística), salut i felicitat.

  • resumen año 2005

    POLÍTICA EXTERIOR

    Un año para no olvidar
    Por Rafael L. Bardají y Florentino Portero
    www.gees.org

    El Gobierno de Rodríguez Zapatero llegó al poder gracias a un atentado terrorista y en medio de un fuerte debate sobre la política exterior española, y comenzó su gestión tomando decisiones que suponían un cambio radical en este terreno.

    En julio de 2004 publicamos un primer análisis de lo que en conjunto parecía ser la nueva diplomacia socialista; nueva por reciente, pero también por distinta de las de sus predecesores liberal-conservadores y socialistas. La perspectiva que nos ofrece la gestión del Gobierno durante el año 2005 nos proporciona una excelente oportunidad para revisar aquel texto.

    La política exterior del actual Gobierno socialista está íntimamente vinculada al conjunto de su política. No prima un comportamiento profesional, continuador de una tradición internacionalista inexistente, sino una visión ideológica que tiene como objetivo realizar cambios profundos en la propia sociedad española.

    El socialismo español rechaza el ámbito de autonomía del individuo, de la misma forma que trata de arrinconar en el desván de la historia el legado judeocristiano de principios y valores que ha cimentado el desarrollo de Occidente y que está en la base de la democracia liberal. Frente a este legado no tienen un programa alternativo, por lo que optan por animar una actitud relativista: nada es verdad ni mentira, todos tenemos algo de razón; nadie es plenamente culpable o inocente, no existe el bien y el mal. El resultado es una confusión entre los mecanismos de toma de decisión y la veracidad o moralidad de un hecho.

    Frente a la democracia liberal, ya no proponen una socialista, sino una vaga "democracia participativa", que trataría de limitar los márgenes de la acción individual primando el protagonismo de los movimientos sociales. De nuevo la amenaza de convertirnos en "hombres-masa" pende sobre nuestras cabezas, requiriendo de nosotros una reacción decidida.

    Ante la ausencia de un auténtico ideario socialista, demolido el que había por el choque con la realidad y el fin de los mitos que lo sustentaban, la izquierda opta por el populismo, dirigido en mayor medida a destruir el modelo democrático-liberal que a construir uno alternativo. No saben muy bien adónde van, pero tienen muy claro lo que quieren demoler.

    El rechazo al liberalismo se expresa claramente en la crítica a Estados Unidos, la nación que mejor representa esta tradición, y al proceso general de globalización, porque supone la extensión de los valores liberales por todo el planeta. Una vez más, no disponen de una alternativa, pero están dispuestos a unir sus fuerzas con movimientos abiertamente antidemocráticos con tal de impedir su desarrollo. El relativismo se aplica al aliado, pero no al contrincante. Se puede ir de la mano incluso de organizaciones y gobiernos que apoyan el terrorismo, porque hay que entender sus posiciones, pero para los defensores de una política proliberal se reservan los peores calificativos.

    La falta de valores, el rechazo a la cultura heredada, lleva hacia una crisis institucional. España resulta para muchos un fenómeno ideológico, un producto conservador que, por lo tanto, debe ser superado. La opción socialista por el modelo confederal es la respuesta a esta percepción. El nuevo modelo no es un objetivo en sí mismo, ni es parte de la tradición socialista; por el contrario, resulta una revisión en profundidad de lo que ha sido la posición histórica del partido. Una vez más, el nuevo socialismo español se convierte en una plataforma de diferentes grupos que tienen en común el rechazo a una idea de España.

    La paradoja es que, negando España como nación y, más aún, rechazando de plano la legitimidad de un hipotético nacionalismo español, los socialistas se entregan de lleno a los nacionalismos periféricos, que no son necesariamente socialistas y que sólo tienen en común su deseo de poner fin cuanto antes a la existencia de España. Falta por saber por qué el nacionalismo catalán o el gallego son intrínsecamente progresistas y el español no.

    Si no creen en España, sería absurdo esperar que defendieran una política exterior de fuerte presencia internacional. Rodríguez Zapatero fue coherente con sus postulados políticos cuando retiró a España de la primera línea de los debates europeos y atlánticos y buscó cobijo a la sombra del eje franco-alemán, aunque el coste, que tenemos que pagar entre todos, sea enorme.

    Parece como si un ciclo se cerrara, el iniciado por Adolfo Suárez y concluido por José María Aznar, dedicado a situar a España en el lugar que le correspondía en el concierto de las naciones, tras décadas de recogimiento y aislamiento. Logrado el objetivo, el siguiente paso es desandar el camino mediante la trasformación de uno de los estados más antiguos de Europa en un vago conjunto de naciones.

    El uso de la fuerza es siempre un sacrificio. Las personas están dispuestas a asumirlo –incluso la pérdida de la propia vida– por causas mayores, como la libertad individual, la democracia o la soberanía. Pero cuando no se cree en estas ideas, o la creencia es limitada, difícilmente se puede estar dispuesto a correr riesgos.

    El pacifismo no es nuevo entre nosotros ni en el conjunto de Europa. Ya en el período de entreguerras se convirtió en una fuerza con peso político, y fue en parte responsable de las nefastas políticas de pacificación, que alentaron el crecimiento del fascismo. Entonces como ahora, éstas son el síntoma de un problema mayor: la falta de compromiso ciudadano con los valores característicos de la democracia liberal. España, y parte de Europa, ha logrado un extraordinario desarrollo económico y social, un sofisticado Estado de Bienestar, pero sus ciudadanos han decidido dejar de pedalear y sólo desean disfrutar de los logros conseguidos.

    La falta de grandes objetivos en política exterior y la disposición a supeditarse tanto al eje franco-alemán como a los dictados de la Comisión Europea tratan de compensarlos con acciones de alto contenido ideológico, pero carentes de un hilo argumental que vaya más allá del "progresismo". Esta falta de grandes objetivos da a nuestra diplomacia un tono errático y oportunista, en absoluto característico de nuestra acción exterior en los últimos treinta años. Esta novedad se agrava con una gestión muy poco profesional, que acumula errores de bulto en un tiempo record.

    La vuelta a la segunda fila de Europa

    En algo más de año y medio, la diplomacia española ha cedido buena parte de las posiciones conseguidas por España en los últimos años. El Tratado de la Constitución Europea fue, entre otras cosas, un intento de rectificar el reparto de poder aprobado en Niza. De forma sorprendente para muchos, el Gobierno socialista aceptó sin dar batalla el nuevo sistema, que potenciaba el papel de los grandes estados europeos y alejaba a España de la primera línea. Sin embargo, eso es lo que ellos pretendían.

    El mismo episodio se repitió recientemente, con la aprobación de los nuevos presupuestos. Era evidente que se presionaría a España para que aceptara una drástica reducción de fondos, y, por lo tanto, cabía esperar de nuestra diplomacia, en especial del presidente y del ministro de Asuntos Exteriores, una intensa actividad para limitar los recortes y alargar los plazos. De nuevo, ante la sorpresa de la mayoría, tanto Rodríguez Zapatero como Moratinos mantuvieron un perfil muy bajo durante todo el período negociador. No estaban luchando por defender los intereses de España: se limitaban a tratar de mostrar que España era un país solidario que aceptaba de buen grado el dictado de los grandes. Tanto en el Tratado de la Constitución, felizmente fallido, como en los presupuestos, España ha sido el país más sacrificado. En ambos casos, Francia y Alemania, los estados bajo cuyas alas hemos encontrado protección, nos han abandonado.

    Mientras tanto, nuestros gobernantes y los medios de comunicación afines repetían el mantra de que el problema residía en el mantenimiento del "cheque británico". La afirmación no deja de tener interés, por lo mucho que sugiere. Denunciar el "cheque británico" y olvidarse del "cheque francés", que no otra cosa es la PAC, no es inocente. Tampoco lo es atacar al Reino Unido, máximo representante de la postura económica liberal en Europa, mientras se respalda a Francia y Alemania, adalides del intervencionismo. Que las políticas franco-alemanas sean responsables del relativo estancamiento en que se encuentra el Viejo Continente, la baja producción y productividad, la limitada generación de patentes, no es un problema para nuestros gobernantes. La amenaza es el liberalismo.

    El enemigo norteamericano

    Estados Unidos se ha convertido en un icono básico para la izquierda española, en el símbolo de todo lo malo: gente que cree en Dios, que tiene principios y valores, que está dispuesta a luchar y morir por su libertad y su independencia; un pueblo que representa, mejor que ningún otro, la democracia liberal. La denuncia de la política norteamericana, el calificar a su presidente como "criminal" moviliza a un sector de la izquierda radical que resulta fundamental para los objetivos electorales del Partido Socialista. El antinorteamericanismo es, indudablemente, una de las características básicas de la izquierda española.

    La apresurada retirada de las tropas españolas en Irak y determinados gestos y declaraciones de Rodríguez Zapatero crearon una situación difícil de reconducir. Los continuos y descabellados intentos del Departamento de Estado para mejorar las relaciones bilaterales han concluido en fracaso, ante la evidencia de que el Gobierno español desea unas malas y estables relaciones con la potencia norteamericana, tanto por sinceras razones ideológicas como por interés político.

    Este hecho no debe confundirse con el problema de la no invitación a Rodríguez Zapatero a visitar Estados Unidos, o a entrevistarse con el presidente Bush en cualquier otro lugar. Para la diplomacia española y para el Partido Socialista es una humillación intolerable, agravada por el insolidario comportamiento del ministro Bono, dispuesto a utilizar sus concesiones a Rumsfeld como arma de política interior, con la que minusvalorar a Zapatero y a Moratinos. Buscan resolver esta situación para poder continuar criticando a Estados Unidos, pero sin coste añadido. Algo que resulta muy improbable.

    El Gobierno español no sólo es el único que recibe un trato tan humillante, es también el que, a fecha de hoy, aparece más descolgado de la tendencia general europea. Tras la crisis de Irak, los estados europeos que se manifestaron contrarios a la intervención militar han ido normalizando sus relaciones con Washington, conscientes de todo lo que tienen en común y de la necesaria colaboración atlántica. La España de Rodríguez Zapatero ha renunciado a un acceso directo con el centro de poder más importante del planeta y, además, ha quedado en una situación periférica dentro del bloque europeo.

    La alternativa populista en América Latina

    Desde hace décadas, la izquierda española desahoga sus frustraciones socialdemócratas en América Latina. Si en tiempos de Felipe González se coqueteaba con los movimientos revolucionarios marxistas, ahora, para escándalo del ex presidente, se ha abierto el flirteo hacia los populismos de corte nacional-fascista. Casi cualquier cosa es progresista si está en contra de la democracia liberal y los mercados abiertos. España ha pasado de ser un garante del Consenso de Washington, responsable de una serie de años de alto crecimiento económico, a un alentador de su abandono.

    Rodríguez Zapatero ha vuelto a las tesis, defendidas por el general Franco, de que España debía apoyar lo contrario de lo que hiciera Estados Unidos, situándose a favor de la corriente del nacionalismo latinoamericano. En ambos casos, daba igual si eso llevaba a la pobreza a millones de personas y alejaba a toda una región de la necesaria modernización: asentados prejuicios ideológicos justificaban y justifican dichas políticas.

    Los socialistas españolas salieron al rescate de la revolución cubana, humillada por Aznar y maltratada por la Unión Europea. Consiguieron un limitado levantamiento de sanciones, avalando al régimen de Fidel Castro. Pero sus simpatías por la Revolución no han sido compartidas por el resto de los europeos, socialistas o populares, que han podido comprobar la realidad cubana y el fracaso de la nueva política como instrumento para facilitar una cierta apertura.

    Tampoco en Venezuela parecen coincidir los puntos de vista españoles con los del resto de Europa. El incondicional apoyo a la Revolución Bolivariana, animado por Bono y asumido por Rodríguez Zapatero, implica el respaldo a su política continental de apoyo político y financiero a una amplia gama de movimientos variopintos que sólo tienen en común el rechazo a la democracia liberal y a las economías abiertas. España asume la responsabilidad de desestabilizar la región y de condenarla de nuevo al atraso, precisamente ahora que había enderezado su curso y logrado avances destacados.

    En la misma línea cabe interpretar la política hacia Argentina, o la entusiasta bienvenida al nuevo Gobierno boliviano, comprometido a establecer un régimen de socialismo indigenista condenado al fracaso. Las simpatías ideológicas priman sobre los intereses del Estado o el bienestar de aquellas gentes.

    La importancia de las inversiones españolas en América Latina es un hecho difícil de obviar que se convierte en un obstáculo para los objetivos ideológicos de nuestra diplomacia. Nuestro Gobierno ha expresado con claridad, para sorpresa de muchos, que los intereses de nuestras empresas no condicionarían nuestra diplomacia.

    Dejando a un lado los temblores que tal declaración haya podido provocar a lo que quede de Lord Castlereagh en su tumba, o las dudas que haya podido suscitar en muchos ciudadanos sobre qué es entonces la diplomacia y para qué pagamos impuestos, el Gobierno español ha urdido una estrategia acorde con sus postulados ideológicos. Se trata de partir del reconocimiento y la legitimidad del hecho revolucionario y, consiguientemente, de la renuncia a defender los intereses de nuestras empresas, incluido el cumplimiento de los contratos. A continuación se busca el establecimiento de una relación preferencial, con importantes contraprestaciones en forma de ayudas a la cooperación. Es entonces cuando se trata de proteger, aunque de forma limitada, nuestra presencia económica, que en determinados casos se involucra más allá de lo aconsejable en el entramado político-económico de regímenes nada ejemplares.

    Ante la inexistente amenaza

    El Islam vive momentos críticos, en una fuerte tensión entre el islamismo y la modernización. A ello los españoles tenemos que añadir los problemas derivados de nuestra condición de frontera, con la cuestión del Sáhara sin resolver, la demanda de soberanía sobre Ceuta y Melilla, una emigración creciente y el problema del terrorismo.

    El Gobierno de Rodríguez Zapatero ha respondido a este conjunto de retos desde una coherente rendición preventiva. En el caso de Marruecos, ha cedido en la cuestión del Sáhara, fortaleciendo la posición internacional de Rabat e incumpliendo los compromisos internacionales contraídos en el marco de Naciones Unidas. Con este gesto trata de aliviar la presión marroquí en los otros temas, aunque, como era previsible, el efecto es exactamente el contrario.

    Ante tal muestra de debilidad, la monarquía alauita se crece y exige más. Rodríguez Zapatero cumplirá la palabra dada por Felipe González y abrirá un ciclo negociador sobre el futuro de la soberanía de Ceuta y Melilla. La gestión del problema de la emigración ha servido para que Marruecos reciba ayuda europea, y se convierte, crecientemente, en un arma de presión sobre España.

    El tratamiento del terrorismo islamista ha evolucionado. Tras ser considerado sólo como la consecuencia de la presencia de España en Irak, el Gobierno ha pasado a reconocer que es un problema general. Sin embargo, no ha sido capaz de articular una doctrina al respecto, atrapado en sus propias contradicciones. Afirman que el origen del terrorismo reside en determinadas condiciones económicas y sociales, pero promueven para solucionarlas programas de ayuda a los gobiernos que han creado esas condiciones. Cuando Estados Unidos plantea el reto de la democratización de la región, reaccionan rechazándola de plano, tanto por lo que implica de hegemonismo como de denuncia de regímenes pseudorrevolucionarios, tan corruptos y violentos como incompetentes, por los que sienten simpatía y afinidad.

    En un intento de contener la estrategia de transformación norteamericana, el Gobierno de Rodríguez Zapatero promovió en el marco de Naciones Unidas la iniciativa de "Alianza de Civilizaciones", como desarrollo de la presentada por el Irán de los ayatolás, el "Diálogo de Civilizaciones", unos años antes. Según esta estrategia, la solución de la actual tensión no estaría en la modernización de la región, sino en el diálogo con regímenes terroristas –como el de los propios ayatolás (Jatamí, responsable de la iniciativa iraní, está en el Comité de la española)– o corruptos, como son la mayoría de los árabes; no estaría en su transformación y apertura, sino en el respeto y la no injerencia en sus actuaciones bárbaras y opresoras.

    ¿Cómo se erradicarían, entonces, esas condiciones económicas y sociales que llevan a los jóvenes al terrorismo? ¿Financiando y dialogando con los responsables directos –los terroristas– o indirectos –los corruptos– se va a cambiar o a agravar la situación?

    Estas contradicciones son el resultado del desarme moral de buena parte de los españoles, incapaces de asumir que nos encontramos en una guerra contra el islamismo, una guerra que nos han declarado una y otra vez y que no está en nuestra voluntad evitar. Pagando vasallajes no resolveremos el problema, ni desviaremos la atención hacia Estados Unidos o el Reino Unido. La acción policial no es suficiente, ni siquiera una mejor coordinación con los restantes estados europeos. El campo de batalla está en el Islam, y allí debemos actuar de la forma que sea más eficaz en cada caso, presionando para que la educación se reforme o combatiendo contra los islamistas.

    Outsourcing político

    La política exterior del Gobierno de Rodríguez Zapatero se ha basado esencialmente en la renuncia a lo alcanzado hasta ahora por España, especialmente si proviene del período Aznar; en el outsourcing de la gestión exterior, especialmente en las figuras de Chirac y del ya felizmente ex canciller alemán Schröder, y en el tradicional rencor histórico acumulado por una izquierda carpetovetónica que no quiere resignarse y aceptar que sus principios no son válidos en el mundo real. De ahí el antiamericanismo visceral de Rodríguez Zapatero y buena parte de sus ministros.

    El resultado de año y medio de pésima gestión y peores planteamientos ha sido situar a España en la cuneta de los asuntos estratégicos a escala mundial. Rodríguez Zapatero ha dejado a España sin amigos y ha volcado toda su atención en personajes tan discutibles como Castro, Chávez y ahora Evo Morales, y en la forja de ejes tan surrealistas y perjudiciales como el Madrid-Teherán, precisamente cuando Europa denuncia insistentemente el comportamiento del Gobierno de Irán tanto en la cuestión nuclear como por las amenazas a Israel.

    A finales de 2005 España es menos España para el mundo, lo mismo que para los españoles, que la ven deshacerse como un azucarillo gracias al sueño confederal del presidente del Gobierno y a la osadía de los nacionalistas radicales. De seguir así, Maragall va a ser más importante en el exterior que el propio presidente del Gobierno. Si no, al tiempo.

  • Benedicto XVI

    ABC lunes 26 de diciembre de 2005

    Un intelectual de su tiempo

    EN el primer mensaje navideño de su pontificado, el Papa Benedicto XVI instó a la construcción de un nuevo orden mundial basado en relaciones éticas y económicas justas, revelador diagnóstico que pone de manifiesto unos planteamientos que distan mucho de esa visión «conservadora» que, en su acepción más reduccionista y peyorativa, aducen los críticos de la figura del Santo Padre. En un discurso en el que la palabra más pronunciada fue «paz», el Papa hizo un recorrido por los grandes problemas del mundo para detenerse especialmente en el terrorismo, la «pobreza humillante», la proliferación de las armas, las pandemias o el deterioro ambiental, entre otros grandes asuntos. No fue una mera relación de males y desgracias mundiales, porque el Papa aportó, con arrojo y sin complejos, su particular visión, demostrando en todo momento un conocimiento sobre el terreno que desmonta las críticas interesadas de quienes pretenden presentarlo como un hombre de rígidos e inflexibles planteamientos, confundiendo, interesadamente, las convicciones y los principios con una supuesta ideología reaccionaria.

    Benedicto XVI, que desde el punto de vista formal ha impuesto una notable impronta personal a sus intervenciones públicas y unos modos y maneras diferentes a los de su predecesor a la hora de comunicarse, realizó un contundente y esperanzador alegato en favor de la unidad -«una Humanidad unida podrá afrontar los numerosos problemas»-, demostrando un conocimiento exhaustivo y detallado de las grandes dolencias y conflictos mundiales.

    Especialmente significativa fue su visión de las nuevas tecnologías y su deriva ética. «Es verdad que en los últimos siglos se han logrado muchos progresos en el campo técnico y científico. Pero si el hombre de la era tecnológica -dijo- se encamina hacia una atrofia espiritual y a un vacío del corazón, corre el riesgo de ser víctima de los mismos éxitos de su inteligencia y de los resultados de sus capacidades operativas». Acertado diagnóstico que evidencia la capacidad moral e intelectual del Santo Padre y su valerosa y decidida apuesta por la espiritualidad en conexión permanente con la razón. Benedicto XVI pone en su justa dimensión el valor de los avances en la llamada edad moderna, pero rechaza taxativamente que la ciencia y las nuevas tecnologías sirvan, por sí solas, para «iluminar al hombre y al mundo».

  • democratizacion del islam

    Una estrategia gradual

    Por Florentino Portero
    En letra impresa nº 454 | 22 de Diciembre de 2005
    Publicado en La Razón, 22 de diciembre de 2005

    Desde Occidente presionamos a los estados árabes para que avancen en el camino hacia la democracia y el respeto de los derechos humanos. Nuestra demanda, tristemente, no es sólo una exigencia moral. Es evidente que durante años fueron pocas las voces que se preocuparon por el estado en que se encontraba la libertad es esas tierras y que si hoy lo hacemos es, sobre todo, porque vemos el vínculo existente entre atraso, corrupción, dictadura y el auge del islamismo.

    Los radicales se nutren de la frustración colectiva provocada por años de política nacionalista y de promesas, que sólo han conducido al estancamiento y a la falta de expectativas de futuro. Pero las experiencias democráticas no están dando resultados óptimos. Hace ya algunos años unas elecciones libres permitieron a los islamistas ganar en Turquía y Argelia, dando paso a una intervención militar y a una guerra civil. Ahora los radicales son más prudentes y siguen una política gradual. En Marruecos y en Egipto se presentaron sólo a un tercio de los distritos, dejando claro su poder pero evitando, por ahora, un enfrentamiento.

    En Palestina, un enclave especialmente sensible por estar en curso un proceso de paz, se considera posible que Hamas gane las próximas elecciones parlamentarias, algo inimaginable meses atrás. El descrédito de Al Fatah, su corrupción e incompetencia, están detrás del éxito de la versión palestina de los Hermanos Musulmanes. Ni aceptan la democracia parlamentaria, una imposición de “cruzados y judíos”, ni mucho menos la existencia de Israel.

    El mundo árabe debe avanzar hacia la democracia, porque la dignidad y el bienestar de las personas lo requieren y porque es el mejor antídoto frente al fanatismo. Pero la convocatoria de elecciones libres no debe ser entendida como una fórmula mágica, sino como parte de un proceso general de modernización. Hay que avanzar al mismo tiempo en la lucha contra la corrupción, el reconocimiento de los derechos de la mujer, una enseñanza seria, unos mercados más abiertos… De otra forma será sólo la válvula de escape de toda esa frustración contenida y el medio del que se valdrán los islamistas para alcanzar el poder.

    En Palestina el margen de maniobra es limitado, porque la ausencia de estado requiere de procesos electorales que legitimen las nuevas instituciones. Sólo nos queda mantenernos firmes en el rechazo a los radicales y vincular las ayudas a los progresos reales en la construcción de una sociedad democrática. Pero en otros estados conviene desarrollar estrategias más graduales, que permitan a lo ciudadanos comprender claramente que sí tienen una alternativa a la decadencia económica y moral, que pueden construir una sociedad más libre y más justa.

  • Se cierra el telón

    SE CIERRA EL TELÓN....

    ......Del año 2005. Un año con más pena que gloria, de reyes republicanos, de alianzas de civilizaciones con pseudoterroristas, con una política exterior populachera y una interior donde el revisionismo y la memoria histórica de recuperar el pasado esta aliñada con la última ofensiva del partido gobernante de hacer de oposición a la oposición, volviendo a las andadas con el caso Prestige, la guerra de Irak y más episodios rancios que tan buen rédito le dieron en su día. Sí un gobierno para gobernar solo se justifica volviendo a las barricadas de hace más de dos años es que algo falla en su gestión.

    En nuestra Comunidad el año nuevo de 2006 nos hará recibir al reciente Papa Benedicto XVI, en el 6º encuentro mundial de las familias, una ocasión más del poder civil que tiene la iglesia y pondrá de nuevo a la palestra el laicismo radical de nuestros gestores nacionales y sus medios afines. Volviendo a estos meses pasados más recientes, la problemática hídrica y el urbanismo han marcado la pauta política autonómica.

    Un año donde los grandes pactos entre el PPCV y el PSPV, el caso del Estatut como máxima referencia, y las encuestas publicadas donde en 2007 todo se quedaría como está en el reparto de escaños en las Cortes, ha hecho que la oposición socialista radicalice sus miras en terrenos como la LUV, la LOT, la LRAU y la.......se acabó la era del pacto y el año que entra será ya una preparatoria de liderazgos de cara a las elecciones de 2007.

    Un año de desavenencias respecto a la Copa América entre los distintos comisionados, un año de desavenencias respecto el AVE a la comunidad, donde nos salimos del mapa, queriendo decir que ni existimos. Un año donde el sentido común se ha mostrado en la reforma de nuestro Estatut, un camino que aún no está concluido, y visto lo visto en nuestros políticos no debemos lanzar las campanas hasta que esté todo bien atado. Una reforma coherente y necesaria que sin venir a cuento también ha sido vapuleada desde Madrid. Cualquier reforma, constitucional si cabe, si se hace con sentido y lealtad es legítima y conveniente no hay que ser reacio de por si.

    Un año de tránsfugas, donde las Cortes y el Ayuntamiento del susodicho, también han usado las reglas del juego democrático haciéndole un vacío por las malas maneras y la tomadura de pelo que ha mostrado no sólo con su anterior formación, sino sobretodo con el electorado.

    Un año donde la calidad informativa de la edición valenciana de Época es manifiesta cada semana y donde en las tertulias políticas de Capital Valencia se ha logrado en muchas ocasiones el consenso entre nuestros políticos populares y socialistas valencianos, como un ejemplo en que la defensa de los intereses valencianos está muy por delante de las siglas de los partidos. Bon any nou a tots!.

    Sumario: que se abra el telón del 2006 con serenidad.

    Guillem Bertomeu

    Época Comunidad Valenciana 23/12/05

  • presupuestos europeos

    miércoles 21 de diciembre de 2005

    Pésimas perspectivas

    Por Gustavo de Arístegui

    Este fin de semana ha sido aciago para España en el seno de la UE aunque el triunfalismo desaforado del Gobierno haya querido enmascarar un sonoro y claro fracaso. España se ha convertido de forma clara y neta en la pagana de la ampliación de la UE, las declaraciones del primer ministro británico, presidente en ejercicio de la UE, no ofrecen lugar a dudas, y por si cupiese alguna duda las el lunes en la Cámara de los Comunes. La ampliación tendrá un coste aproximado de 175.000 millones de euros, y España contribuirá con unos 43.000 millones lo que supone en torno al 25%, cuando nuestro PIB representa el 8% del global de la UE. Para entendernos, esto en términos relativos supone que pagamos tres veces y media más que Alemania o 3 tres veces más que Francia, en términos relativos. El saldo neto de España es de unos 5.000 millones de euros, apenas un poco más que la propuesta de la anterior presidencia luxemburguesa, por lo que España ha avanzado muy poco en términos reales en esta negociación.

    Para colmo de males el Gobierno ha querido manipular las cifras incluyendo cantidades, entre 12.000 y 15.000 millones de euros, que habían sido negociadas por el Gobierno de José María Aznar en el Consejo Europeo de Berlín de 1999, y que estaban pendientes de ser cobrados en los años 2007, 2008 y 2009. La inclusión de esas cantidades que no ha negociado el gobierno socialista se hizo con el claro propósito de inflar las cifras para maquillar el fracaso.

    La negociación se ha hecho mal, Rodríguez Zapatero se refería constantemente al acuerdo hispano-franco-germano, cuando el presidente Chirac habló en todo momento de su acuerdo con la canciller alemana Angela Merkel, al que se sumaron España, Italia y Polonia, no puede decirse que el presidente del gobierno fuese más que un mero espectador pasivo del mismo.

    España es cierto que ha sido alcanzada por el temido «efecto estadístico», es decir que al ingresar diez nuevos países más pobres que España, nuestra renta media se ha situado cerca del cien por cien sin que los problemas estructurales de muchísimas regiones españolas hayan desaparecido. Por lo que la disminución de fondos debía ser paulatino a partir de 2007 y no antes y teniendo en cuenta las necesidades de las regiones españolas que han dejado de ser objetivo 1 (las menos ricas) de la Unión.

    El problema es que otros países han negociado mucho mejores condiciones para sus regiones objetivo 2, para las ultraperiféricas o aquellas que se han visto afectadas por el efecto estadístico, lo que perjudica de lleno y entre otras a: Murcia, Asturias, Canarias o Cantabria. Las regiones objetivo 1 de Italia reciben 1.700 millones de euros más que las españolas. En definitiva una negociación mal hecha que nos han querido vender como un éxito.

  • el libro negro de Sadam

    FRANCIA, ANTE LOS CRÍMENES DE HUSEIN
    El gran libro negro de los horrores de Sadam
    Por Rebecca Weisser

    Con el juicio de Sadam Husein en curso, los del bando del “Dios maldiga a América” se encuentran en un incómodo aprieto. ¿Deben justificar su oposición a la guerra ninguneando los crímenes de Sadam, mientras vuelcan la responsabilidad del desorden actual sobre EEUU y sus aliados? ¿O se decantan por la defensa de la equivalencia moral, concediendo que Sadam era, ciertamente, un monstruo, pero que los verdaderos monstruos eran los presidentes norteamericanos que respaldaron su régimen, incluido George Bush padre?

    La mejor réplica a este retorcido análisis es un sobrio volumen académico de 700 páginas recientemente publicado en Francia. Le livre noir de Saddam Hussein (El libro negro de Sadam Husein) es una robusta denuncia del régimen de Sadam que no cae en la trampa de ver todo lo que sucede en Irak a través de un prisma centrado en Estados Unidos. Los autores –árabes, americanos, alemanes, franceses e iraníes– han elaborado el trabajo más completo hasta la fecha sobre los crímenes de guerra del ex presidente iraquí, manejando una masa de pruebas que hacen superfluos los argumentos contra la intervención.

    "El primer arma de destrucción masiva era Sadam Husein", escribe Bernard Kouchner, que lleva siguiendo las atrocidades perpetradas en Irak desde que encabezó la primera misión de Médicos Sin Fronteras, allá por 1974. "Preservar la memoria de los arrestos arbitrarios que realizaba cada mañana la policía de Sadam, de la tortura horrible y humillante, de las violaciones organizadas, de las ejecuciones arbitrarias y de las prisiones llenas de gente inocente no es solamente un deber. Sin eso, uno no puede comprender ni qué era la dictadura de Sadam ni la urgente necesidad de derrocarle".

    La obsesión de muchos periodistas y comentaristas con la infructuosa caza de armas químicas, biológicas y nucleares ha significado que gran parte de las pruebas de las atrocidades de Sadam en el Irak liberado hayan sido infradifundidas. Sinje Caren Stoyke, arqueóloga alemana y presidente de Archeologists for Human Rights, cataloga 288 fosas comunes, una lista que ya ha quedado obsoleta, con el descubrimiento nuevos enclaves cada semana.

    "Estas fosas comunes no son ningún secreto", anota Stoyke. "Los convoyes militares cruzaban las ciudades llenos de prisioneros civiles, y volvían vacíos. La gente que vivía cerca de los enclaves de ejecución escuchaba los gritos de hombres, mujeres y niños. Oían los disparos seguidos del silencio".

    Stoyke estima que en Irak hay un millón de personas desaparecidas, presumiblemente muertas, y se ha dejado a las familias ante la terrible tarea de encontrar e identificar los restos de sus seres queridos.

    Abdalá Mohamed Husein era un soldado que luchaba en las montañas cuando las tropas iraquíes tomaron la aldea kurda de Sedar y deportaron a las tres cuartas partes de sus habitantes, incluidos su madre, su esposa y sus siete hijos. Les llevaron a un campo de concentración en Topzawa; desde allí, algunos fueron trasladados a un campo de ejecución próximo al enclave arqueológico de Hatra, al sur de Mosul. Se han hallado los restos de 192 personas –123 mujeres y niños y 69 hombres–; entre ellos, los de la esposa de Abdalá y los de tres de sus hijos. No hay rastro de su madre ni de los otros cuatro niños. Fueron víctimas de la genocida campaña Anfal, que pretendía exterminar a los kurdos.

    Entre 100.000 y 180.00 kurdos desaparecieron o murieron entre febrero y septiembre de 1988. El bombardeo de la aldea kurda de Halabja con armas químicas –gas mostaza, tabún, sarín y gas VX, entre otras–, el 16 de marzo de 1998, que provocó la muerte de entre 3.000 y 5.000 civiles, fue la más difundida de estas atrocidades porque tuvo lugar cerca de la frontera con Irán y las tropas de este país pudieron penetrar, con la ayuda de los kurdos, y grabar y fotografiar a las víctimas.

    Pero Halabja no fue un caso aislado: Sadam utilizó armas químicas al menos 60 veces contra las aldeas kurdas durante la Anfal.

    Y los kurdos no eran las únicas víctimas de Sadam, que ordenó el arresto de numerosos chiíes. Saadoun Kassab, un ingeniero que ayudó a construir, en 1957, Abú Ghraib –prisión diseñada para albergar 4.000 presos–, fue después confinado allí durante un año. Kassab contó lo que sigue al editor del Libro Negro, Chris Kutschera: "Cuando me encarcelaron en Abú Ghraib, en 1985, había 48.500 presos. Me encarcelaron durante ocho meses en un espacio de 1x1,5 metros; una caja. A veces me quedaba allí dentro durante dos semanas, sin salir. Quería ser interrogado para salir, ver a seres humanos y la luz del día. Y todo por saludar a Saad Saleh Jaber[1]. Vi a gente morir".

    Abdul Hadi al Hakim, chií, fue arrestado, con 90 miembros de su familia, el 10 de mayo de 1983, y detenido durante ocho años sin ser acusado ni juzgado. El más joven de la familia detenido tenía apenas 14 años. Su padre y dos hermanos, junto con otros 13 parientes, fueron ejecutados en las primeras semanas. El resto fue encarcelado en Abú Ghraib: 22 personas en una celda que medía 4x6 metros. No había agua corriente, y un agujero en la esquina servía como retrete. Relatando su detención para el libro, Abdul al Hakim dice: "¿Los peores momentos? Todo era terrible, pero lo peor era el miedo a ser ejecutado. Cada vez que escuchábamos girar la cerradura nos quedábamos callados; podía ser el momento de morir, para mí, para otro. Estoy furioso con los que mezclan los crímenes de los americanos con los de Sadam, cuando no son comparables".

    La represión de los chiíes incluyó la deportación forzosa a Irán, que comenzó cuando los baazistas llegaron al poder. Al menos 40.000 fueron deportados en una primera oleada, en 1969-71, y otros 60.000 en una segunda oleada de 60.000, nueve años más tarde. Las deportaciones continuaron a lo largo de los años 80. En el momento de la caída de Sadam vivían en Irán 200.000 iraquíes: una cuarta parte eran kurdos, y el resto árabes chiíes. De estos exiliados, 50.000 vivían paupérrimamente en campamentos de refugiados.

    El exterminio de los árabes de las marismas, una antigua población que vivía en los pantanales de Mesopotamia, tuvo lugar entre 1991 y 2003. De los 400.000 habitantes con que contaba la zona hace 30 años se ha pasado a los 83.000 de la actualidad; 11.000 huyeron a Bagdad, y residen allí como pueden; 80.000 huyeron a Irán. Los soldados iraquíes asesinaron a miles, y las marismas fueron drenadas, lo que trajo el hambre y las enfermedades a los que se quedaron.

    La brutal represión del levantamiento chií posterior a la Guerra del Golfo de 1991 dio lugar a otras 300.000 muertes, en su mayoría civiles.

    En el Irak de Sadam nadie, ni siquiera los familiares y colaboradores más cercanos al dictador, estaba seguro. Tarik Alí Saleh, ex juez y presidente de la Asociación de Juristas Iraquíes, escribe que durante el reinado del partido Baaz (1968-2003) los servicios de seguridad arrestaban y encarcelaban a la gente sin cargos; además, se les denegaba el contacto con la familia o con un abogado. Todo el mundo constituía objetivo, incluso las mujeres y los niños. La tortura era utilizada sistemáticamente para asegurar las confesiones: palizas, quemaduras, arrancamiento de las uñas de los dedos, violaciones, descargas eléctricas, baños de ácido, privación del sueño, la comida o el agua...

    Después estaban las víctimas de las tres guerras devastadoras libradas por Sadam. Se estima que en el conflicto irano-iraquí murieron más de un millón de personas, de ambos países: Kutschera lo compara con la Primera Guerra Mundial por la colosal pérdida de vidas y por el empleo de la guerra de trincheras. Su enorme coste animó a Sadam a invadir Kuwait, con el fin de hacerse con sus activos. Por otra parte, su rechazo a cumplir las resoluciones de la ONU que le obligaban a desarmarse llevó, finalmente, a la invasión de Irak y a su derrocamiento.

    Para Kouchner, es necesario precisar estos crímenes uno por uno, con todo su horror, describiendo su naturaleza y afirmando lo que se olvida con demasiada frecuencia: Sadam fue uno de los peores tiranos de la historia, y era urgente librar de él al pueblo iraquí.

    Kouchner, ministro francés de Sanidad hasta que el secretario general de la ONU, Kofi Annan, le designó su representante especial en Kosovo, esperaba que una comunidad internacional cohesionada lograra derrocar a Sadam de la manera en que una acción resuelta por parte de aquélla libera un país. Se sintió amargamente avergonzado cuando el veto francés en el Consejo de Seguridad dividió a la comunidad internacional e imposibilitó formar un frente unido para derrocar al dictador. "¿Había un modo peor de dejar plantados a los que esperaban tanto de nosotros?", se pregunta en el libro.

    Parece sorprendente que una denuncia tan robusta de Sadam venga de Francia, y aún más que muchos de sus autores puedan ser considerados de izquierda.

    Mientras que los manifestantes pacifistas australianos han alabado la obstinada oposición de Francia a la guerra, Le livre noir de Saddam Hussein traza la vergonzosa historia del apoyo a ultranza de Francia a Sadam, de izquierda a derecha, durante 30 años; una relación que se basó fundamentalmente en el intercambio de petróleo iraquí por misiles, cazas y tecnología nuclear franceses.

    La amistad del presidente Jacques Chirac con Sadam se remonta a los años 70, cuando era primer ministro con Valery Giscard d'Estaing. Cuando Sadam llegó a Francia, pasó un fin de semana privado con Chirac en la Provenza, y en otra visita Chirac acudió al aeropuerto para recibir a su "amigo personal", por el que sentía respeto y afecto.

    La única ruptura en este idilio fue la invasión de Kuwait, cuando Francia se unió a la coalición de la ONU conformada para restaurar la soberanía kuwaití. Pero en los 15 años que siguieron a la guerra Irán-Irak Francia trabajó febrilmente por levantar las sanciones y normalizar las relaciones con Irak y con Sadam, a fin de restaurar las relaciones con un lucrativo socio comercial.

    Determinados a mantener a Sadam en el poder, los franceses no denunciaron al dictador ni una sola vez. Aun así, lejos de evitar la guerra, el veto francés en el Consejo de Seguridad la facilitó. En ausencia de una resolución de la ONU que autorizase el uso de la fuerza contra Sadam, la única posibilidad era una coalición liderada por Estados Unidos.

    Los franceses, al igual que todos los que se opusieron a la guerra, han argumentado implícita o explícitamente que, aunque Sadam tenía su lado desagradable, no era peor que los líderes de países como Arabia Saudí, Irán, Siria o Egipto, y menos aún que los de Zimbabue, Birmania, Corea del Norte o China.

    Para los franceses, y para muchos de los detractores de la guerra, el argumento favorito era que Irak sería un caos sin Sadam. En el Libro Negro se citan estas palabras de un diplomático francés: "No existe oposición. La situación en Irak no cambiará en un cierto período de tiempo. Si Sadam Husein desaparece es el régimen lo que será arrastrado, y habrá una anarquía federal".

    La gente que optó por esta opinión se siente justificada con cada revés que afronta el régimen de Irak y los ataques de los terroristas suicidas.

    Lejos de sacar brillo a las dificultades para reconstruir Irak, el libro documenta hasta qué punto era inevitable, luego de 35 años de dictadura brutal, durante la cual Sadam eliminó despiadadamente las estructuras sociales, la oposición política y a aquellos miembros de su partido que consideró una amenaza.

    El sistema represivo puesto en vigor por Sadam era impenetrable desde dentro. No existía solución democrática a la dictadura: ningún movimiento popular, ninguna insurrección podría haberle destronado, como supieron kurdos y chiíes por su propia y sangrienta experiencia.

    "La guerra americana tal vez no fuera una buena solución para deshacerse de la dictadura de Sadam Husein. Pero, como muestra este libro, tras 35 años de una dictadura de excepcional violencia, que ha destruido la sociedad civil iraquí y ha creado millones de víctimas, no existía una solución buena", sostiene Kutschera.

    Se ha acusado a Sadam y a siete de sus cómplices de ordenar el asesinato de más de 140 personas procedentes, principalmente, de la ciudad chií de Dujail, al norte de Bagdad, después de que aquél sufriera allí un atentado en 1982.

    Chris Kutschera (dir.): Le livre noir de Saddam Hussein. Oh Editions (París), 2005. 700 páginas. Prefacio de Bernard Kouchner.

  • la izquierda y Nietzsche

    Izquierda nietzscheana

    Autor: José María Lassalle

    La historia se repite dando la razón a Vico y, de paso, a Herder y sus maestros anti-ilustrados. El curso racionalizador, abstracto y liberal que sustenta la Modernidad política sufre en España una inesperada torsión desde su vertiente izquierda. Una parte significativa de ella ha decidido tirar la toalla ilustrada y ceder a la tentación nietzscheana de «vivir peligrosamente». Ha sustituido la uniformidad evolutiva de una racionalidad crítica a la manera popperiana y ha cogido el atizador witggensteiniano con la ansiedad de quien no está dispuesto a reconocer que «yo puedo equivocarme, tú puedes tener razón, y juntos podemos seguir acaso el rastro de la verdad».

    Es como si la izquierda española se hubiera cansado de tanta normalidad institucional ilustrada y quisiera aventurarse por los páramos olvidados de la incertidumbre y la provocación, reabriendo las heridas trágicas que disparan los acontecimientos y aceleran el pulso de la vida. De ahí que haya decidido sustituir la tediosa uniformidad abstracta y universalista que nace de las ideas liberales e igualitarias de nación, soberanía y pueblo por la diversidad particularista que aletea detrás de la reivindicación de legitimidades históricas fundadas en el mito, el destino y la memoria.

    Al igual que sucedió bajo el bucle melancólico que emanó del romanticismo y que condujo al historicismo entrado el siglo XIX, la izquierda española ha roto sus ataduras con el tedio generado por estos «larguísimos» veintisiete años de constitucionalismo liberal. Se ha lanzado a tumba abierta por una emocionalidad que nos retrotrae a la fundamentación mítica del Estado y el Derecho que diseñaron los Schelling, Hegel y Savigny. Parece empeñada en resucitar la historia y recuperar escenarios de confrontación allí donde ya no tendría que haberlos tras la caída del Muro, rescatando significantes culturales y políticos con el fin de hallar así una nota diferenciadora frente al triunfo de la sociedad abierta, sus instituciones y paradigmas metodológicos.

    Esto se hace patente al analizar la deriva comunitarista que va sustituyendo el discurso republicano-cívico por el que apostó la izquierda española hace no tanto tiempo. Así, lejos de emular las exitosas pautas de centralidad alcanzadas por el liberalismo igualitario defendido por los laboristas británicos o los planteamientos reformistas de una SPD alemana (empeñada en seguir dando la razón a aquel Popper que dijo que «si hubiera algo así como un socialismo combinado con la libertad individual, yo seguiría siendo socialista»), nuestra izquierda ha decidido tender puentes hacia quienes tendrían que ser su oponente natural: ese nacionalismo radical y obsesionado en revisar el presente constitucional al considerarlo injusto conforme a una atropellada actualización posmoderna y multiculturalista que defiende identidades colectivas en construcción dentro de la nación española, al tiempo que retoma un trasnochado lenguaje intervencionista de deberes sociales que mina el pluralismo que sustenta el progreso de las sociedades abiertas.

    Tratar de analizar las claves psicológicas que operan detrás de este proceso es difícil. Supondría revisitar un escenario complejo, alimentado por frustraciones generacionales y confusas herencias familiares y emocionales. Un escenario que hace cierta la tesis de La España invertebrada y que, tomada de Esquilo, volcaba Ortega sobre la restauración canovista diciendo que en ella mandaban los muertos sobre los vivos. De hecho, en la revisión del espíritu ilustrado que experimenta la izquierda hay algo de esa impronta espectral. Para comprenderlo basta advertir el rictus radical, ortodoxo y demasiado antiguo que impregna muchas de sus declaraciones políticas. ¿Cómo entender si no esa paulatina sustitución de la crítica ponderada por la denuncia conspirativa frente a la oposición, los medios de comunicación que no son afines e incluso determinadas confesiones religiosas que expresan su malestar hacia el Gobierno? ¿Dónde está esa imaginación sensata y esa ironía brillante que en Italia exteriorizan Prodi o Cacciari, cuando dibujan desde la izquierda una alternativa centrada que trata de alterar el monopolio técnico y conceptual que exhibe el liberalismo a la hora de gestionar la complejidad del siglo XXI?

    En vez de imitar la valentía de aquel socialismo español que renunció al marxismo y al cuestionamiento de la democracia liberal y el mercado libre, busca la afinidad electiva de los discursos regresivamente premodernos y míticos que exteriorizan el nacionalismo radical y los populismos antisistema. La izquierda abandona inexplicablemente el filón de cultivar tanto la defensa de un Estado viable como la bandera de liderar espacios de cooperación social dentro de las cada vez más insensibles sociedades posindustriales. De esta manera, la actualización izquierdista de la reflexión de Constant de una libertad de los modernos, positiva y social a la altura del siglo XXI, queda sin cubrir con la intensidad necesaria, pues sus adversarios liberales no pueden abarcar todos los escenarios de significación que contiene el discurso político y jurídico de la Ilustración.

    Resulta increíble que esta situación se haya tenido que producir ahora, cuando nuestro país parecía haber tomado buena cuenta de las enseñanzas dejadas tras de sí por las generaciones que vivieron el triste fracaso colectivo de la II República, la atroz Guerra Civil y la dictadura franquista. Esto es lo lamentable: ver cómo parte de la izquierda se instala en una revisión unilateral de esa Modernidad contenida en los valores liberales, igualitarios y pluralistas que representa nuestra normalidad constitucional, dando la razón a Isaiah Berlin cuando nos advierte de que no hay fórmula institucional que evite la tentación que sienten algunos durante una travesía colectiva de querer cambiar el mundo y poblarlo nuevamente de poderes imaginarios. Al hacerlo así, la izquierda despliega una estrategia temeraria que recuerda a aquella otra seguida por el nietzcheano Mann de Las consideraciones de un apolítico y que lo condujo a repudiar estéticamente la ideología democrática del consenso y el compromiso porque nivelaba las diversidades del corazón, aplanaba las vivencias de comunidad bajo las razones de la asociación constitucional y acallaba el estremecimiento del «Lied» de la mano del dominio de la opinión mayoritaria. Y todo este resurgimiento de los poderes imaginarios de la «Kultur» se produce a tan sólo veintisiete años del triunfo de los artefactos intelectuales de la «Zivilisation»...

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    José María Lassalle es diputado del PP en el Congreso

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